14 de enero de 2009

Mi querido y recordado papá

Mi querido y recordado papá:
Tal día como hoy, hace más de un siglo, naciste. Ya estamos sin ti 28 años. Y han pasado deprisa. Esta mañana me has venido a la mente en cuanto me he despertado. A esas tempranas horas, hay días, que me sacan del sueño las voces de mis vecinos papás y sus retoños, con las clásicas peleas matutinas en torno a desayunos, ropa que ponerse y sobre todo horario. Van contra reloj. Durante un buen rato, me he dedicado a evocar cosas tuyas. Siempre me han dicho que yo era tu ojito derecho, y eso me encantaba. Con el paso del tiempo he comprendido que nos querías a los cuatro por igual. Sólo que en mí había una notable diferencia. Llegué cuando nadie me esperaba. Por vuestra edad, no pensabais ni remotamente que podría aumentar la familia. Pero faltaba yo. Y cuando nací, en nuestra casa de la Gran Vía Marqués del Turia, hiciste que vinieran a verme un montón de personas. Después de tres hijos pelirrojos- como tu abuela- nací yo, con el pelo negro, rozando el azabache, y deseabas que todo el mundo de tu alrededor me conociera.

Siempre ha existido un lazo muy especial entre los dos. No recuerdo haber tenido ni una sola discusión contigo. Ni siquiera, cuando decidí sacarme el carnet de conducir, a lo que tú eras contrario, te impusiste. Me dejaste hacer. Lo único que se te ocurrió en aquel momento para disuadirme fue aliarte con mi, entonces, novio, (hoy esposo), y plantearme que si me suspendían tres veces, para no tener que renovar papeles, me olvidara... Pero aprobé a la primera.

Todas las noches, marchabas a trabajar cuando apenas los demás llevábamos acostados un par de horas. Y cada noche, antes de irte, la misma ceremonia. Te tomabas un zumo de tomate en la cocina y yo desde mi cama escuchaba el tintineo de la cucharilla con la que le dabas vueltas antes de beberlo. No recuerdo que disfrutaras de vacaciones. Algún día suelto y poco más.

Tenías una filosofía de vida muy especial. Tu lema era no hacer daño a nadie para poder vivir tranquilo. Con eso bastaba, nos decías. Pero tu carácter era fuerte. Aunque se te pasaban pronto los enfados. Lo que más recuerdo que te molestaba era que no te dejáramos dormir. Por tu trabajo, nuestro horario era completamente diferente al tuyo y dormías por las mañanas, hasta que llegaba la hora de comer. Y esas horas eran sagradas. No se podía hacer ruidos, ni hablar alto, ni oír música, ni, ni, ni....

Tu afición por el fútbol nos acarreó más de un rato insólito en las tardes de domingo. Sentado en la única butaca que teníamos en el salón de nuestra casa, escuchabas "el carrusel deportivo", programa que conectaba intermitentemente con todos los campos de fútbol para ir dando información de los partidos en juego y tú seguías la quiniela, esperando inútilmente, durante años, ese pleno que nunca llegó. A media tarde, venía a casa la tía Luisa, que nos hacia rezar el rosario sin escapatoria posible. Y todo en el salón. Lo consentías, pero de mala gana. El murmullo de nuestros rezos con el locutor deportivo de turno, creaba sin duda una imagen jocosa. Recuerdo que yo te miraba y, en ocasiones, no podías disimular el esfuerzo que estabas haciendo esperando que llegáramos a la letanía, que milagrosamente relajaba tus facciones. Porque nuestro Rosario, o mejor el de tía Luisa, no te permitía celebrar ningún gol que marcara tu equipo ni en la jugada más interesante. No participabas pero nos respetabas. Sin duda, aplicando tu filosofía de vida.

Otra de tus aficiones era la lectura. No sabes con cuanto cariño guardo en mi casa algunos de los cientos de libros que, a lo largo de tu vida, adquiriste. Entre otros, algunos ejemplares de "Selecciones del Reader's Digest". Muchos días, mientras yo hacia mis deberes escolares, sentados los dos en la mesa camilla, me leías alguna de las frases que te gustaban del libro que en ese momento llevabas entre manos. Me cautivaba escucharte por la entonación que le dabas a tu lectura. Y me agradaba leerte las redacciones que preparaba como trabajos en mis clases de Literatura. Por entonces ya me gustaba escribir y, sobre todo, que tú leyeras lo que había escrito. Recuerdo una tarde, que me colé en el vestíbulo del hotel que había enfrente de la plaza de toros y al que acudían los toreros, en cuanto terminaban su faena. Me impresionó tanto el ambiente, que me fui rápidamente a casa y escribí sobre ello. En cuanto llegaste, te puse mis cuartillas en las manos, deseosa de que leyeras lo que había escrito. Te sorprendí. Y tú a mí también. Al terminar, me dejaste muy claro que no tenía que volver a colarme en ningún sitio de "mayores". Después, con otro tono, añadiste que lo había descrito todo muy bien y, para que no me confiara más de la cuenta, cerraste el tema diciéndome: "Pero tienes que hacer más caligrafía..."

Lo que ya no me gustaba nada era el ver como te hacías los cigarrillos con aquella alargada y pequeña caja de madera y aquellas finísimas hojas de papel de fumar. Pura artesanía. Nunca supimos como los conseguías. Pero alguien te suministraba unos caliqueños, -para mí asquerosos- que pacientemente picabas para convertirlos en pitillos. Nadie consiguió que dejaras de fumar. Sólo cuando ya no había solución dejaste de hacerlo.

Lo he pensado muchas veces y hoy he vuelto a lamentarlo. Solamente siento, de todos los años que pude disfrutarte, el no haber hablado más veces contigo. Nos quedaron muchas cosas por decirnos, muchas cosas que contarnos. Me faltó aprender mucho más de ti. Fuiste un buen padre. Y te quiero. Y te querré siempre.

Maat (Para ti, Pupe)








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